top of page
Logotipo de Tomás Listrani
Dos hombres conversan de pie; uno viste traje azul con corbata roja y el otro lleva suéter negro.

domingo, 26 de enero de 2025

Trump contra el mundo: Ucrania, Gaza y rigidez con sus aliados

Trump llegó con promesas de resolver conflictos y los primeros meses mostraron otra cosa. Qué pasó con Ucrania, Gaza y los aliados que esperaban más flexibilidad.

Entrevistado por Gonzalo Báñez en TN

El 26 de enero de 2025, Gonzalo Báñez me convocó en TN para analizar las primeras semanas del segundo mandato de Donald Trump desde el ángulo de su política exterior: las promesas de resolución rápida de conflictos con las que llegó a la Casa Blanca y la distancia entre esas promesas y lo que los primeros meses efectivamente mostraron. Ucrania, Gaza y la relación con los aliados tradicionales fueron los tres ejes de una conversación que buscó separar la retórica de la campaña de la realidad diplomática. Como ex becario Fulbright y coautor de artículos de investigación sobre la política exterior estadounidense, ofrecí una lectura de por qué la gestión de conflictos es más complicada de lo que los eslóganes electorales sugieren, y qué señales concretas dejaron esas primeras semanas sobre la dirección que tomaría la política exterior trumpiana.



Trump contra el mundo: por qué resolver conflictos es más difícil que ganar elecciones prometiéndolo

Donald Trump llegó a su segundo mandato con una narrativa de política exterior que tenía la ventaja de ser simple y la desventaja de ser simplista: acabaría con la guerra en Ucrania en 24 horas, presionaría a Israel para cerrar Gaza y obligaría a los aliados a asumir más costos de defensa. Las primeras semanas mostraron que ninguna de esas tres promesas tenía un mecanismo de ejecución creíble, y que la distancia entre la retórica electoral y la realidad diplomática es, en política exterior, especialmente difícil de ocultar.


El caso ucraniano es el más ilustrativo. La promesa de resolución rápida descansaba sobre una premisa no declarada: que Putin estaría dispuesto a negociar en términos que Kiev pudiera aceptar, o que Washington presionaría a Ucrania para aceptar términos que Moscú impusiera. Lo que las primeras semanas revelaron fue que ninguna de esas dos vías era tan sencilla. Putin no tiene incentivos para negociar desde una posición de debilidad que todavía no siente, y Zelenski —con el apoyo europeo como respaldo alternativo— tiene más margen de resistencia del que Trump calculó inicialmente. El resultado fue una política ucraniana estadounidense que oscilaba entre la presión sobre Kiev y la amenaza de sanciones adicionales a Moscú, sin una estrategia de salida coherente.


Gaza presentó una complejidad distinta. Trump llegó con una postura más favorable a Israel que cualquier administración anterior, lo que en principio debería haberle dado palancas sobre Netanyahu. Pero esa misma proximidad redujo su capacidad de presión: cuando el apoyo es incondicional, deja de ser una herramienta de negociación. Los aliados árabes que esperaban mayor flexibilidad estadounidense para avanzar en una solución política —Arabia Saudita, Emiratos, Jordania— recibieron señales contradictorias que complicaron la construcción de cualquier marco regional de estabilización.


La relación con los aliados fue quizás la dimensión más reveladora de esas primeras semanas. Trump llegó con la convicción de que sus socios tradicionales —Europa, Japón, Corea del Sur, Canadá— se habían aprovechado durante décadas de la seguridad estadounidense sin pagar su parte. Esa lectura tiene elementos que no son del todo incorrectos: el gasto europeo en defensa ha sido históricamente insuficiente. Pero la forma en que Trump planteó esa demanda —con amenazas arancelarias, cuestionamientos públicos a la OTAN y retórica expansionista sobre territorios de aliados— generó una rigidez en las relaciones que dificultó la cooperación en los mismos conflictos que prometía resolver. Es difícil pedirle a un aliado que te ayude a gestionar una crisis cuando simultáneamente lo estás amenazando con aranceles.


Lo que los primeros meses del segundo mandato confirmaron es una tensión estructural en la doctrina Trump: la lógica transaccional que le funciona bien en negociaciones bilaterales de suma cero choca con la naturaleza de los conflictos internacionales contemporáneos, que son multidimensionales, involucran actores con agendas propias y no se resuelven con la velocidad ni con la simplicidad que el mercadeo político requiere.



Si tu medio necesita análisis sobre la política exterior de Trump, los conflictos en Ucrania y Gaza, o la relación de EE.UU. con sus aliados, puedes contactarme aquí.

bottom of page