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Cuatro periodistas debaten en videollamada mientras Donald Trump habla en un evento político al fondo.

sábado, 16 de noviembre de 2024

El regreso de Trump y la cumbre del G20 en Brasil

Trump volvió y el G20 en Brasil mostró un mundo sin brújula. Qué panorama internacional dejaron ambos eventos y por qué la tensión global llegó a un nuevo pico.

Entrevistado por Carolina Amoroso en TN

El 16 de noviembre de 2024, Carolina Amoroso me convocó en TN para analizar la confluencia de dos eventos que, tomados juntos, dibujaban un panorama internacional de máxima tensión: la victoria electoral de Donald Trump y la Cumbre del G20 en Brasil. El regreso de Trump a la Casa Blanca redefinía las coordenadas de la política exterior estadounidense antes incluso de que asumiera, mientras que Río de Janeiro acogía una cumbre donde las fracturas del orden multilateral —entre Occidente y el Sur Global, entre potencias establecidas y emergentes— eran más visibles que nunca. Como especialista en geopolítica y participación directa en varias presidencias del G20, analicé qué panorama dejaban ambos eventos y por qué la tensión global había alcanzado un nuevo umbral.



Trump y el G20 en Brasil: cuando dos eventos simultáneos reescriben el mapa del mundo

Hay momentos en que la historia se concentra. La semana de noviembre de 2024 en que Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos y el G20 se reunía en Río de Janeiro fue uno de esos momentos: dos eventos aparentemente separados que, leídos en conjunto, revelaban la profundidad de la reconfiguración en curso del orden internacional.


La victoria de Trump no fue una sorpresa para quienes seguían de cerca la dinámica política estadounidense, pero su impacto sobre el sistema internacional fue inmediato y multidimensional. Antes de asumir, Trump ya estaba reconfigurando expectativas: los aliados europeos revisaban sus supuestos sobre la OTAN, Ucrania recalculaba sus márgenes de apoyo occidental, China evaluaba el nuevo mapa arancelario que se avecinaba, y América Latina se preparaba para una política hemisférica más transaccional y menos predecible. El período de transición entre la elección y la asunción fue, en sí mismo, un factor de reordenamiento geopolítico.


El G20 de Brasil, por su parte, llegó en el peor momento posible para el multilateralismo. Lula había apostado por una presidencia brasileña del foro que avanzara en la agenda de desarrollo, desigualdad global y financiamiento climático —los temas que definen la prioridad del Sur Global. Lo que encontró fue una cumbre donde las fracturas eran más visibles que los consensos: Rusia e Ucrania en la misma sala con la guerra en curso, China y EE.UU. en un período de transición que congelaba cualquier acuerdo de fondo, y los países del Sur Global intentando articular una agenda propia en un contexto donde las potencias del norte tenían la atención puesta en otra parte.


Lo que el G20 de Río mostró no fue solo la dificultad de alcanzar acuerdos en un mundo fragmentado. Mostró algo más estructural: que el formato mismo del foro —diseñado para coordinar respuestas a crisis globales entre las principales economías— tiene una utilidad decreciente cuando las principales economías tienen intereses divergentes en casi todos los expedientes relevantes. El G20 sigue siendo el único espacio donde EE.UU., China, India, Brasil, Rusia y la UE comparten mesa. Pero compartir mesa no equivale a compartir agenda.


Para Argentina, la coincidencia de ambos eventos tenía una lectura específica. El regreso de Trump abría interrogantes sobre la relación bilateral —aranceles agropecuarios, postura ante el FMI, política hemisférica— mientras que el G20 recordaba que Buenos Aires había presidido el foro en 2018 y que su inserción en ese espacio de gobernanza global sigue siendo una de las pocas plataformas de proyección internacional que el país tiene disponibles, independientemente del color político del gobierno de turno.


La tensión global que ambos eventos pusieron de manifiesto no era nueva, pero sí había alcanzado un nuevo umbral. La combinación de conflictos activos —Ucrania, Gaza, Sudán—, rivalidad estratégica entre grandes potencias, presiones inflacionarias y climáticas, y el debilitamiento de las instituciones multilaterales configuraba un escenario donde los márgenes de error se reducían y los costos de las decisiones equivocadas se amplificaban. En ese contexto, la victoria de Trump no fue la causa de la inestabilidad global: fue su expresión más legible.


Si tu medio necesita análisis sobre el G20, la política exterior de Trump o el estado del orden internacional, podéis contactarme aquí.

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