
sábado, 21 de marzo de 2026
La respuesta europea a la guerra en Irán
El bloqueo en el Estrecho de Ormuz puso a Europa ante una crisis que no esperaba. Cómo respondieron los principales gobiernos europeos y qué opciones tienen realmente.
Entrevistado por Damián Szvalb en A24
El 21 de marzo de 2026, Damián Szvalb me convocó en A24 para analizar la respuesta europea ante uno de los eventos más disruptivos del año: el bloqueo del Estrecho de Ormuz en el contexto de la guerra en Irán. Un escenario que muchos gobiernos europeos habían descartado como hipótesis de trabajo se volvió realidad, exponiendo la fragilidad de las cadenas de suministro energético del continente y la escasa autonomía operativa de Europa para gestionar una crisis de esa magnitud sin el liderazgo estadounidense. Como especialista en Medio Oriente Contemporáneo por la Universidad Católica Argentina y la Universidad de Tel Aviv y seguimiento sostenido del conflicto iraní y la arquitectura energética global, analicé qué opciones tienen realmente los principales gobiernos europeos y qué revela esta crisis sobre los límites de la autonomía estratégica que el continente lleva años proclamando.
Ormuz bloqueado: por qué la guerra en Irán desnudó los límites reales de Europa como actor estratégico
El Estrecho de Ormuz es el cuello de botella energético más crítico del planeta. Por él transita aproximadamente el 20% del petróleo y el 17% del gas natural licuado que se consume globalmente. Cuando ese paso quedó bloqueado en el contexto de la guerra en Irán en 2026, no fue solo una crisis de suministro: fue una prueba de estrés para la arquitectura de seguridad energética europea que el continente suspendió con estrépito.
La paradoja es que Europa llevaba años hablando de autonomía estratégica, diversificación energética y resiliencia ante shocks externos. La guerra en Ucrania había acelerado esa conversación. Y sin embargo, cuando llegó la crisis de Ormuz, el continente volvió a revelar sus déficits estructurales: reservas estratégicas insuficientes para absorber una interrupción prolongada, capacidad de respuesta militar naval limitada en el Golfo Pérsico, y una fragmentación política entre capitales que impide una posición europea unificada en tiempo real.
La respuesta de los principales gobiernos europeos siguió un patrón previsible pero revelador. Francia —con su doctrina de autonomía estratégica y su capacidad naval propia— adoptó una posición más activa, coordinando con Washington pero insistiendo en mantener canales diplomáticos con Teherán abiertos. Alemania, fiel a su reflejo histórico, priorizó la vía diplomática y expresó reservas ante cualquier escalada militar, lo que generó tensiones visibles con París y Londres. El Reino Unido, por su parte, se alineó más estrechamente con EE.UU., aprovechando la crisis para reafirmar su rol como socio atlántico privilegiado en un momento en que su relevancia post-Brexit necesita demostrarse con hechos.
Lo que ningún gobierno europeo pudo ofrecer fue una solución propia. La descongestión del estrecho dependió, en última instancia, de la capacidad de proyección naval de Estados Unidos y de las negociaciones que Washington condujo —o no condujo— con los actores regionales. Europa fue, en el mejor de los casos, un socio consultado. En el peor, un observador con retórica de actor.
Las opciones que tiene Europa en este escenario son más estrechas de lo que los discursos sobre soberanía energética sugieren. En el corto plazo: activación de reservas estratégicas, aceleración de importaciones desde Noruega, Argelia y proveedores alternativos de GNL, y gestión de la demanda interna. En el mediano plazo: las mismas conversaciones que se tienen desde 2022 sobre energías renovables, interconexiones eléctricas y reducción de dependencia de los hidrocarburos del Golfo, pero ahora con mayor urgencia política.
El problema de fondo es que la autonomía estratégica energética de Europa es un proyecto de décadas que choca con necesidades de semanas. Y cada vez que esa brecha se hace visible en una crisis, el continente termina dependiendo de soluciones que otros diseñan. Hasta que eso cambie estructuralmente, la retórica de la soberanía europea seguirá siendo exactamente eso: retórica.
Para América Latina, el bloqueo de Ormuz es también una señal: en un mundo donde la energía es un instrumento geopolítico de primer orden, los países de la región con recursos propios —Argentina con su gas no convencional, Brasil con el presal— tienen una oportunidad de posicionamiento estratégico que conviene leer con más ambición de la habitual.
Si tu medio necesita análisis sobre geopolítica energética, la guerra en Irán o la respuesta europea ante crisis internacionales, podéis contactarme aquí.
