top of page
Logotipo de Tomás Listrani
Personas bailan con trajes coloridos junto a una carroza decorada, ondean banderas del Reino Unido en un desfile festivo.

jueves, 8 de septiembre de 2022

El fin del largo reinado de Isabel II

El reinado de Isabel II duró 70 años y atravesó transformaciones históricas. Qué balance real deja y qué lugar ocupa en la historia de la institución monárquica.

Entrevistado por Marcelo Bonelli en El Trece

El 8 de septiembre de 2022, el día mismo de la muerte de la Reina Isabel II, Diego Iglesias me convocó en Radio con Vos para un análisis en caliente de lo que representaba esa partida: no solo el fallecimiento de una monarca sino el cierre simbólico de una época. Isabel II había sido, para varias generaciones en todo el mundo, una presencia tan constante que su ausencia resultaba difícil de procesar incluso para quienes no tenían vínculos directos con el Reino Unido. Como especialista en política comparada e historia británica, ofrecí una lectura de qué representó su figura en el siglo XX y qué cambia —institucional, simbólica y políticamente— con su partida.




La partida de Isabel II: el fin de una presencia que parecía permanente

Hay figuras públicas cuya desaparición nos recuerda que el tiempo pasa incluso cuando todo parece igual. Isabel II era una de ellas. Para la mayoría de los habitantes del planeta vivos en septiembre de 2022, ella había sido reina durante toda su vida consciente: una presencia tan constante en el paisaje institucional global que su ausencia producía algo parecido al vértigo, la sensación de que algo que parecía fijo en el mundo ya no lo está.


Esa sensación no es irracional. Isabel II asumió el trono en 1952 y lo mantuvo durante setenta años y doscientos catorce días, el reinado más largo de la historia británica y uno de los más extensos de la historia de las monarquías modernas. En ese tiempo, el mundo cambió de una manera que ningún ser humano de 1952 podía haber anticipado en su totalidad: el fin del colonialismo europeo, la Guerra Fría y su desenlace, la construcción y las crisis de la integración europea, la revolución tecnológica, la globalización y sus contradicciones, el surgimiento de nuevas potencias y el declive relativo de las antiguas. Isabel II estuvo presente en todo eso —no como protagonista política, sino como testigo institucional— con una consistencia que en sí misma era una forma de poder.


Lo que su figura representó para los británicos tiene varias capas que conviene distinguir. La primera es histórica: ella era el último vínculo vivo con la generación que ganó la Segunda Guerra Mundial, con los años de austeridad de la posguerra, con la Gran Bretaña que todavía era una potencia global con ambiciones imperiales. Su partida no es solo la pérdida de una persona: es el cierre definitivo de ese capítulo histórico, la separación física del último lazo que conectaba el presente con ese pasado.


La segunda capa es institucional. Isabel II encarnaba una forma de hacer la política que estaba en las antípodas del ciclo de escándalos, frivolidades y crisis de credibilidad que había caracterizado a la política británica en los años previos a su muerte —desde el Brexit hasta el Partygate de Boris Johnson. Su discreción, su continuidad y su aparente impermeabilidad a las presiones de la opinión pública de corto plazo funcionaban como contrapunto tácito a un sistema político que parecía incapaz de producir figuras de autoridad duradera. Cuando las instituciones fallan, la continuidad de la Corona se vuelve más visible y más valorada.


La tercera capa es global. Isabel II fue jefa de Estado no solo del Reino Unido sino de quince países de la Commonwealth, y figura central de una institución que agrupa a 56 naciones con vínculos históricos con el Imperio Británico. Su muerte abrió de inmediato la pregunta sobre qué futuro tiene esa organización bajo Carlos III, en un momento en que varios países caribeños ya habían expresado su voluntad de convertirse en repúblicas y en que el debate sobre el legado colonial del Imperio se había intensificado a escala global.


Lo que cambia con su partida no se puede medir solo en términos institucionales. Hay algo más difuso pero igualmente real: la desaparición de una figura que, independientemente de las opiniones sobre la monarquía como institución, representaba un tipo de presencia pública —discreta, constante, desprovista de vanidad personal— que el mundo contemporáneo produce con creciente dificultad. En una época donde la atención es el recurso más disputado y la permanencia es casi imposible, setenta años de presencia coherente son, en sí mismos, un logro que merece reconocimiento más allá de las simpatías o antipatías hacia la Corona.



Si tu medio necesita análisis sobre la monarquía británica, el legado de Isabel II o la transición a Carlos III, podéis contactarme aquí.

bottom of page