
lunes, 23 de septiembre de 2024
Sri Lanka gira a la izquierda luego de años de programas de ajuste con el FMI
Sri Lanka eligió un giro a la izquierda después de años de ajuste con el FMI. Qué hay detrás de ese cambio y qué desafíos enfrenta el nuevo gobierno.
Entrevistado por Agustín Antoniades en Barricada TV
El 23 de septiembre de 2024, Agustín Antoniades me convocó en Barricada TV para analizar uno de los resultados electorales más significativos del año en Asia: el giro a la izquierda de Sri Lanka tras años de ajuste bajo programa del FMI. La elección del candidato de izquierda Anura Kumara Dissanayake como presidente fue una respuesta directa a la crisis económica de 2022 —la más grave en la historia del país desde su independencia— y al programa de austeridad que le siguió. Como especialista en política internacional con investigación en Oxford sobre Asia del Sur y seguimiento de las dinámicas políticas del Indo-Pacífico, analicé qué hay detrás de ese cambio, qué tensiones enfrenta un gobierno de izquierda que hereda una economía bajo tutela del FMI, y qué lectura puede hacerse de ese resultado desde América Latina.
Sri Lanka gira a la izquierda: por qué el ajuste del FMI produce sus propios anticuerpos políticos
La victoria de Anura Kumara Dissanayake en las elecciones presidenciales de Sri Lanka en septiembre de 2024 no fue un accidente electoral. Fue la consecuencia previsible de un ciclo que se repite con variaciones en distintas geografías: crisis económica aguda, programa de ajuste bajo condicionalidad externa, erosión de los partidos tradicionales que administraron la crisis, y emergencia de una alternativa que promete revertir el costo social del ajuste sin necesariamente tener una hoja de ruta económica alternativa del todo articulada.
El contexto importa. Sri Lanka atravesó en 2022 la peor crisis económica de su historia independiente: quiebra de reservas, escasez de combustible y medicamentos, cortes de electricidad de hasta doce horas diarias, y una inflación que superó el 70%. La respuesta fue la fuga del presidente Gotabaya Rajapaksa —literalmente expulsado del poder por protestas masivas— y la negociación de un programa de rescate con el FMI que implicó consolidación fiscal, subas de tarifas, reforma tributaria y reducción del gasto público. La estabilización macroeconómica llegó, pero a un costo social que las clases medias y populares sintieron de forma directa y sostenida.
Dissanayake, líder del Janatha Vimukthi Peramuna (JVP) y su coalición NPP, canalizó ese malestar con una campaña centrada en la lucha contra la corrupción, la revisión de las condiciones del programa del FMI y la promesa de un modelo de desarrollo más orientado hacia las necesidades domésticas. Su victoria —con más del 42% en primera vuelta, suficiente para ganar sin segunda vuelta— fue la primera vez en décadas que ninguno de los dos partidos históricos de Sri Lanka ganaba la presidencia.
El desafío que enfrenta el nuevo gobierno es estructuralmente difícil. Sri Lanka sigue bajo programa del FMI, con una deuda reestructurada que impone restricciones reales sobre el espacio fiscal disponible. Las promesas de campaña —mayor gasto social, revisión de privatizaciones, reducción de la carga tributaria sobre los sectores más golpeados— chocan con los compromisos asumidos con los acreedores internacionales. La pregunta no es si Dissanayake quiere cumplir su agenda: es si el margen fiscal y político se lo permite sin desencadenar una nueva crisis de confianza en los mercados de deuda.
Ese dilema —entre el mandato popular de cambio y las restricciones de la arquitectura financiera internacional— no es exclusivo de Sri Lanka. Es la tensión constitutiva de cualquier gobierno de izquierda o centro-izquierda que llega al poder en un país con deuda elevada y dependencia de financiamiento externo. Argentina lo conoce bien. Grecia lo vivió de forma traumática en 2015. Zambia y Ghana lo están transitando en África. Lo que varía entre casos no es la tensión sino la capacidad de cada gobierno para construir coaliciones internas e internacionales que le den margen de maniobra dentro de esas restricciones.
Para América Latina, el caso ceilanés ofrece una lectura que va más allá de la geografía: cuando los programas de ajuste producen estabilización macroeconómica pero distribuyen los costos de forma asimétrica sobre los sectores más vulnerables, la política eventualmente presenta la cuenta. No siempre en la dirección esperada, no siempre con los instrumentos más eficaces, pero con una regularidad que debería ser parte del análisis de cualquier programa de consolidación fiscal.
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