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Olaf Scholz aparece en un cartel electoral mientras dos hombres conversan por videollamada en un noticiero.  
Angela Merkel saluda a un grupo de niños en un escenario, con dos analistas comentando en recuadros.

viernes, 24 de septiembre de 2021

Alemania: empieza la era post-Merkel

Alemania cerró la era Merkel sin un sucesor claro ni una agenda definida. Qué desafíos hereda Scholz y qué rol puede jugar Alemania en Europa.

Entrevistado en TN

El 24 de septiembre de 2021, fui convocado en TN para analizar el cierre de la era Merkel en Alemania y la transición hacia el gobierno de Olaf Scholz: uno de los cambios de ciclo político más significativos de Europa en la última década. Dieciséis años de cancillería dejaban un legado complejo —estabilidad macroeconómica, liderazgo europeo discreto pero consistente, gestión de múltiples crisis— y una serie de desafíos sin resolver que el nuevo gobierno tendría que enfrentar sin la autoridad acumulada de su predecesora. Como analista internacional miembro del CARI y por mi continuo seguimiento de la política alemana y europea, analicé qué hereda Scholz, qué déficits deja Merkel y qué rol puede jugar Alemania en Europa en la etapa que se abre.



carteles de la elección alemana 2021 de varios partidos políticos

El fin de la era Merkel: por qué dieciséis años de estabilidad dejaron también deudas pendientes

Ángela Merkel gobernó Alemania durante dieciséis años —de 2005 a 2021— y en ese tiempo se convirtió en la figura más influyente de la política europea de su generación. Su estilo —pragmático, cauteloso, orientado al consenso, refractario a los grandes gestos— fue al mismo tiempo su mayor fortaleza y su legado más ambiguo. Alemania salió de sus años de cancillería como la economía más sólida de Europa, con el desempleo más bajo en décadas y con una posición internacional de respeto que el tamaño económico del país no explica completamente. Pero también salió con una serie de deudas estratégicas que Scholz tendría que pagar sin el capital político de quien las contrajo.


La primera deuda es energética. La decisión de cerrar las centrales nucleares alemanas tras Fukushima en 2011 —una decisión políticamente comprensible en el contexto de la opinión pública alemana de ese momento— profundizó la dependencia de Alemania del gas ruso. Cuando esa dependencia se convirtió en vulnerabilidad geopolítica en el contexto de la guerra en Ucrania, el costo de la decisión de Merkel se hizo visible de forma dramática. El gasoducto Nord Stream 2 —completado bajo su cancillería y suspendido por Scholz horas después de la invasión rusa— fue el símbolo más visible de esa apuesta energética que Berlín tuvo que desandar a marchas forzadas.


La segunda deuda es de defensa. Durante los años de Merkel, Alemania mantuvo un gasto en defensa muy por debajo del 2% del PIB que la OTAN establece como objetivo para sus miembros, con el argumento implícito de que la estabilidad económica y la diplomacia eran las contribuciones alemanas al orden europeo. Esa postura —coherente con el pacifismo constitucional alemán y con la cultura política que emergió del trauma de dos guerras mundiales— generó tensiones crecientes con aliados que consideraban que Alemania se beneficiaba de la seguridad colectiva sin pagar su parte. La guerra en Ucrania convirtió ese debate teórico en una urgencia concreta.


La tercera deuda es europea. Merkel fue el eje del eje franco-alemán que sostiene la integración europea, pero su estilo de liderazgo —reactivo más que proactivo, orientado a gestionar las crisis en lugar de prevenirlas— produjo una UE que avanzó más por la presión de los eventos que por una visión estratégica coherente. La gestión de la crisis del euro en 2010-2015, con su énfasis en la austeridad y las condicionalidades que impactaron duramente a Grecia, España y Portugal, dejó heridas en la solidaridad europea que tardaron años en cicatrizar.


Olaf Scholz llegó al poder sin el capital político de Merkel pero también sin sus ataduras. Al frente de una coalición de tres partidos —SPD, Verdes y FDP— que combinaba agendas parcialmente incompatibles, Scholz tenía más voluntad de reforma que recursos políticos para ejecutarla. La guerra en Ucrania, que comenzó apenas meses después de su asunción, lo obligó a tomar decisiones de ruptura —el giro en política de defensa, el fin de la dependencia del gas ruso, el apoyo militar a Kiev— que en condiciones normales habrían tardado años en madurar políticamente.


Lo que el fin de la era Merkel revela, visto en perspectiva, es la tensión constitutiva del liderazgo político de largo plazo: la estabilidad que un líder experimentado produce tiene un costo en términos de las reformas estructurales que se posponen porque el costo político inmediato parece excesivo. Dieciséis años de Merkel dejaron a Alemania más estable y más vulnerable al mismo tiempo.



Si tu medio necesita análisis sobre política alemana, el liderazgo europeo o la transición post-Merkel, puedes contactarme aquí.

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