
domingo, 26 de enero de 2025
Trump nos plantea a EE.UU. como un actor revisionista en el sistema internacional
EEUU ya no defiende el orden que construyó: lo cuestiona. Por qué la segunda presidencia de Trump consolida a Washington como actor revisionista del sistema internacional.
Entrevistado por Damián Szvalb en Radio con Vos
El 26 de enero de 2025, Damián Szvalb me convocó en Radio con Vos para analizar algo que los primeros días del segundo mandato de Donald Trump confirmaban con una claridad inusual: Estados Unidos ya no opera como garante del orden internacional liberal que contribuyó a construir tras la Segunda Guerra Mundial. Opera, en cambio, como un actor revisionista que cuestiona las instituciones, las alianzas y las normas que él mismo diseñó. Como ex becario Fulbright y coautor de artículos de investigación sobre la política exterior estadounidense, desarrollé por qué este desplazamiento no es una anomalía táctica sino una transformación estructural, y qué consecuencias tiene para el sistema internacional en la tercera década del siglo XXI.
EE.UU. revisionista: cuando el arquitecto del orden liberal empieza a demolerlo
En la teoría de las relaciones internacionales, un actor revisionista es aquel que busca modificar las reglas, instituciones y distribución de poder del sistema internacional vigente. Durante décadas, esa etiqueta se aplicó a potencias desafiantes —China, Rusia, Irán— mientras Estados Unidos era caracterizado como la potencia status quo por excelencia: el país que más tenía que ganar preservando el orden que había diseñado. La segunda presidencia de Trump hace colapsar esa distinción.
El revisionismo de Trump no es ideológicamente simétrico al de Putin o Xi: no busca reemplazar el orden liberal con un modelo alternativo coherente. Es un revisionismo transaccional y descentralizador, que cuestiona las instituciones multilaterales —ONU, OTAN, OMC, OMS— no porque proponga algo mejor, sino porque las percibe como restricciones al poder unilateral de Washington y como cargas financieras injustamente distribuidas. La diferencia es relevante: el revisionismo chino o ruso quiere rediseñar el tablero; el revisionismo trumpiano quiere voltear la mesa.
Las señales de ese giro fueron inequívocas desde los primeros días del segundo mandato. La salida del Acuerdo de París, la revisión de compromisos con la OTAN, las amenazas arancelarias generalizadas —incluyendo a aliados históricos—, la apertura de negociaciones bilaterales con Rusia sobre Ucrania sin consultar a Europa, y la retórica expansionista sobre Groenlandia, Panamá y Canadá no son excentricidades aisladas. Son la expresión coherente de una doctrina que subordina el multilateralismo al interés nacional definido de forma estrecha y a corto plazo.
Lo que esto produce en el sistema internacional es una combinación de dos efectos simultáneos y aparentemente contradictorios: mayor incertidumbre y mayor multipolaridad. Mayor incertidumbre porque las reglas del juego —los tratados, las alianzas, los compromisos institucionales— pierden predictibilidad cuando la potencia que los garantizaba los cuestiona abiertamente. Mayor multipolaridad porque ese vacío de liderazgo abre espacio para que otros actores —China, India, la Unión Europea, potencias medias— asuman roles de coordinación que antes delegaban en Washington.
Para Europa, el desafío es existencial en términos de seguridad: si EE.UU. ya no es un garante confiable del artículo 5 de la OTAN, el continente necesita capacidades propias que no ha construido. Para China, es una oportunidad táctica: cada vez que Trump deteriora una alianza o abandona un foro multilateral, Pekín puede posicionarse como actor responsable y estabilizador, independientemente de cuánto se ajuste esa imagen a su conducta en el Mar del Sur de China o en Taiwán.
Para América Latina —y para Argentina en particular— el revisionismo estadounidense plantea una pregunta que la región históricamente ha evitado: ¿qué hacemos cuando la potencia hegemónica del hemisferio ya no opera bajo las reglas que invocamos para protegernos de ella? La respuesta no puede ser solo retórica. Exige una política exterior con mayor autonomía de criterio, mayor inversión en vínculos regionales y mayor sofisticación para navegar un sistema internacional donde las certezas del siglo XX han dejado de ser operativas. El momento más peligroso en la política internacional no es cuando un orden colapsa, sino cuando colapsa sin que haya otro listo para reemplazarlo. Eso es exactamente lo que la segunda presidencia de Trump aceleró.
Si tu medio necesita análisis sobre la política exterior estadounidense, el orden internacional o el posicionamiento de América Latina ante el nuevo escenario global, puedes contactarme aquí.
