
domingo, 30 de junio de 2024
Quién es Keir Starmer, el próximo primer ministro del Reino Unido
Keir Starmer no es un político de manual: su trayectoria explica tanto su fortaleza como sus contradicciones. Quién es y con qué agenda llegó al poder.
Entrevistado por Leticia Martínez en Futurock
El 30 de junio de 2024, días antes de las elecciones británicas que lo llevarían al poder, Leticia Martínez me convocó en Futurock para trazar el perfil de Keir Starmer: quién es, de dónde viene, qué ideología lo define y con qué agenda llegaba a las puertas del gobierno del Reino Unido. Un político que muchos conocían por su nombre pero pocos podían describir con precisión: ni el laborismo de Corbyn ni el centrismo de Blair, sino algo propio que sus críticos llaman indefinición y sus defensores llaman pragmatismo. Como especialista en política comparada con investigación en Oxford, tracé una lectura de la trayectoria de Starmer que explica tanto su fortaleza electoral como las tensiones internas que heredaría al llegar al gobierno.
Keir Starmer: el político que ganó siendo difícil de definir
Hay líderes políticos que se entienden rápido. Keir Starmer no es uno de ellos. Su trayectoria es la de alguien que acumuló credenciales en varios registros —abogado de derechos humanos, Director de la Fiscalía de la Corona, senador laborista, líder de partido— sin que ninguno de esos roles lo definiera completamente ni le otorgara una identidad política nítida en el imaginario público. Esa dificultad para ser encasillado fue, paradójicamente, una de sus mayores ventajas electorales en 2024.
Starmer nació en 1962 en Surrey, en una familia de clase trabajadora —su padre era tornero, su madre enfermera— pero accedió a la educación universitaria en un momento en que eso no era la norma para su extracción social. Estudió derecho en Leeds y luego en Oxford, donde se formó como abogado con una orientación marcada hacia los derechos civiles y la justicia penal. En los años ochenta y noventa defendió casos de alto perfil vinculados a la pena de muerte, los derechos de migrantes y las libertades civiles, construyendo una reputación como jurista comprometido con el Estado de derecho antes que como político.
Su paso como Director de la Fiscalía de la Corona entre 2008 y 2013 es la clave para entender su perfil de gobierno. En ese rol tomó decisiones complejas —incluyendo la decisión de no procesar a Jimmy Savile por abuso sexual, una controversia que lo persiguió años después— pero también modernizó la institución, introdujo estándares más rigurosos para casos de violencia de género y estableció criterios más claros para las persecuciones penales. Fue un gestor institucional: metódico, orientado al proceso, poco dado a las declaraciones grandilocuentes.
Su llegada a la política electoral fue tardía —entró al Parlamento en 2015— y su ascenso al liderazgo laborista en 2020 se produjo en un contexto de colapso: el partido acababa de sufrir su peor derrota electoral desde 1935 bajo Jeremy Corbyn, a quien Starmer había apoyado tácticamente pero del que se distanció de forma deliberada y sistemática una vez al frente del partido. Ese proceso de distanciamiento —la expulsión de figuras corbynistas, la suspensión del propio Corbyn tras un informe sobre antisemitismo en el partido, la revisión de las posiciones más radicales del programa de 2019— le costó apoyo en la izquierda laborista pero le devolvió al partido la credibilidad ante el electorado moderado que había perdido.
La tensión que define a Starmer como líder es la misma que define al laborismo como proyecto en la tradición anglosajona: ¿cuánto se puede mover hacia el centro sin perder la identidad redistributiva que justifica la existencia de un partido de izquierda? Blair resolvió esa tensión con una promesa de modernización económica que tenía su propia energía. Starmer llegó al poder sin un relato equivalente de igual potencia, con una agenda más defensiva —restablecer la estabilidad institucional, reparar el servicio nacional de salud, recuperar la relación con Europa sin reabrir el Brexit— que ofensiva.
Lo que hace a Starmer un político difícil de definir es exactamente lo que lo hizo difícil de atacar durante la campaña: no es un ideólogo, no tiene una visión transformadora que genere entusiasmo pero tampoco pánico, y su trayectoria como jurista le otorga una credibilidad institucional que el conservadurismo post-Johnson había perdido por completo. Si eso es suficiente para gobernar un Reino Unido con problemas estructurales profundos es la pregunta que su mandato tendrá que responder.
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