
domingo, 28 de junio de 2020
¿Qué pasa con Guyana, Surinam y Guayana Francesa?
Tres territorios vecinos con historias, idiomas y dependencias completamente distintas. Qué está pasando en Guyana, Surinam y Guayana Francesa y por qué vale la pena mirarlos.
Entrevistado por Leticia Martínez en Futurock
El 28 de junio de 2020, Leticia Martínez me convocó en Futurock para un análisis que pocas veces aparece en los medios argentinos: qué está pasando en Guyana, Surinam y la Guayana Francesa, los tres territorios del norte de América del Sur que comparten geografía con el resto del continente pero que tienen historias, idiomas, sistemas políticos y dependencias completamente distintos entre sí y distintos al patrón latinoamericano que solemos conocer. Un rincón del continente que en 2020 había adquirido una relevancia renovada —especialmente Guyana, con el descubrimiento de enormes reservas petroleras en su plataforma continental— y que merece una mirada más atenta de la que la geopolítica regional suele dedicarle. Como especialista en política internacional y miembro de REDAPPE, ofrecí ese panorama sobre el Caribe y Sudamérica.
Las Guayanas: el rincón de América del Sur que el continente no termina de mirar
Hay una paradoja geográfica en la forma en que América Latina se piensa a sí misma: el norte de Sudamérica incluye tres territorios que están físicamente en el continente pero que no forman parte del imaginario regional latinoamericano. Guyana, Surinam y la Guayana Francesa son vecinos de Venezuela, Brasil y entre sí, pero sus historias coloniales, sus idiomas y sus dependencias políticas los conectan más con el Caribe anglófono, los Países Bajos y Francia respectivamente que con Buenos Aires, Lima o Bogotá. Ese desencaje entre geografía e identidad es lo primero que hay que entender para analizar estos tres territorios.
Guyana —la única de las tres con independencia plena y con asiento en la OEA y en organismos latinoamericanos— es el caso más dinámico de 2020. El descubrimiento de enormes reservas petroleras en su plataforma continental, iniciado en 2015 por ExxonMobil y confirmado con estimaciones que la convertirían en uno de los mayores productores de petróleo per cápita del mundo en la próxima década, transformó radicalmente su perspectiva económica. Un país de apenas 800.000 habitantes, con una economía históricamente basada en el azúcar, la bauxita y la madera, se encontró de pronto con el potencial de un ingreso petrolero que podría multiplicar su PIB varias veces si se gestiona adecuadamente.
Esa riqueza repentina plantea los desafíos clásicos de la «maldición de los recursos»: la tendencia documentada de los países que descubren grandes reservas naturales a experimentar corrupción, desindustrialización y conflicto político en lugar de desarrollo sostenible. Guyana en 2020 estaba en el punto de partida de ese proceso, con elecciones presidenciales marcadas por acusaciones de fraude —resueltas finalmente a favor del candidato opositor Irfaan Ali después de meses de disputa— que mostraban que las tensiones sobre quién controlaría los ingresos petroleros ya estaban configurando la política doméstica.
Surinam presenta un caso diferente. Antigua colonia neerlandesa independizada en 1975, con una composición étnica extraordinariamente diversa —descendientes de esclavos africanos, trabajadores contratados de India y Java, pueblos indígenas, europeos y chinos— que hace de la gestión de la identidad nacional uno de los desafíos políticos permanentes del país. En 2020, Surinam atravesaba su propia crisis: una deuda pública insostenible, una inflación creciente y un gobierno saliente —el del controvertido Dési Bouterse, condenado en ausencia por un tribunal neerlandés por crímenes cometidos durante la dictadura militar— que dejaba un legado institucional complejo. Las elecciones de mayo de 2020 produjeron un cambio de gobierno hacia Chan Santokhi, con quien el país iniciaba un proceso de estabilización económica bajo tutela del FMI.
La Guayana Francesa es el caso más singular: no es un país independiente sino un departamento de ultramar de Francia, lo que significa que es territorio de la Unión Europea en América del Sur, que sus habitantes son ciudadanos franceses con derecho a votar en las elecciones presidenciales francesas, y que su economía está profundamente subsidiada por París. Alberga el Centro Espacial de Kourou —desde donde la Agencia Espacial Europea lanza sus cohetes Ariane— lo que le otorga una relevancia estratégica que su tamaño y población no explicarían por sí solos. Las tensiones sociales en Guayana Francesa tienen una dimensión particular: una población mayoritariamente creole y amerindia que percibe que los beneficios del departamento van principalmente a los técnicos y funcionarios metropolitanos que llegan temporalmente, mientras las condiciones de vida locales —en salud, educación, infraestructura— son significativamente peores que en la Francia continental.
Lo que las tres Guayanas ofrecen al análisis de América Latina es un espejo oblicuo: territorios que comparten la geografía del continente pero que tuvieron trayectorias coloniales, lingüísticas e institucionales completamente distintas, y que por eso permiten comparar qué diferencias produce la herencia colonial en términos de desarrollo, identidad y capacidad institucional. Surinam y Guyana son independientes pero frágiles; la Guayana Francesa es próspera pero dependiente. Ninguno de los tres modelos es enteramente satisfactorio, y esa imperfección compartida dice algo sobre los límites de las soluciones heredadas.
Si tu medio necesita análisis sobre las Guayanas, el Caribe o la geopolítica del norte de Sudamérica, podéis contactarme aquí.
