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Señora mayor sonriente con sombrero violeta decorado con flores, rodeada de gente y banderas británicas.

jueves, 8 de septiembre de 2022

La partida de Isabel II de Reino Unido

La muerte de Isabel II no fue solo la pérdida de una monarca: fue el cierre de una época. Qué representó su figura y qué cambia con su partida.

Entrevistado por Diego Iglesias en Radio con Vos

El 8 de septiembre de 2022, Marcelo Bonelli me convocó en El Trece para hacer un balance del reinado de Isabel II en el momento mismo de su muerte: setenta años de historia que atravesaron las transformaciones más profundas del siglo XX y las primeras décadas del XXI. Más allá del duelo inmediato, la pregunta que planteaba ese momento era histórica: ¿qué lugar ocupa Isabel II en la historia de la institución monárquica y en la historia política del Reino Unido? Como especialista en política comparada con investigación en Europa , ofrecí ese balance con la perspectiva que permite el conocimiento directo de la sociedad y la política británica.



marcelo bonelli periodista sonriendo a la camara vestido de traje con una redacción de prensa de fondo

El balance del reinado de Isabel II: setenta años que redefinieron lo que una monarquía puede ser

Hacer el balance de un reinado de setenta años en el momento de su cierre exige resistir dos tentaciones simétricas: la hagiografía del duelo, que convierte todo en virtud, y el revisionismo apresurado, que aprovecha la muerte para ajustar cuentas pendientes. Isabel II merece un análisis más honesto que cualquiera de esas dos opciones.


El dato de partida más relevante es la escala de la transformación que presenció. Cuando Isabel II asumió el trono en 1952, el Imperio Británico todavía existía como entidad política operativa: India era independiente desde 1947 pero docenas de territorios en África, el Caribe y el Pacífico seguían bajo la Corona. El Reino Unido era una de las tres potencias que habían ganado la guerra y que codiseñaban el nuevo orden internacional junto a EE.UU. y la URSS. Para cuando murió en 2022, ese Imperio era historia, el Reino Unido había salido de la Unión Europea en un proceso traumático, y el país ocupaba un lugar en el sistema internacional radicalmente distinto al de setenta años atrás.


Que la monarquía sobreviviera a todas esas transformaciones no fue un resultado automático. Fue, en parte, el producto de decisiones institucionales deliberadas —y de muchas no-decisiones igualmente deliberadas— que Isabel II tomó o avaló a lo largo de su reinado. La más importante de todas fue, quizás, la más invisible: la decisión de no intervenir. De no opinar públicamente sobre el Brexit, sobre la guerra de Irak, sobre la desigualdad creciente, sobre los escándalos de sus hijos. Esa neutralidad activa —que para algunos es una virtud institucional y para otros una abdicación moral— fue la columna vertebral de su estrategia de supervivencia monárquica.


Los momentos de mayor tensión revelan la capacidad de adaptación de la institución bajo su liderazgo. La crisis de la muerte de Diana en 1997 —ya analizada— mostró que la monarquía podía equivocarse gravemente en su lectura del estado de ánimo popular y aun así corregir el rumbo a tiempo. La respuesta al escándalo del príncipe Andrés y sus vínculos con Jeffrey Epstein fue menos exitosa: la retirada del príncipe de sus funciones fue tardía y la gestión de la crisis reputacional dejó heridas que no han cerrado. La relación con Harry y Meghan —que bajo su reinado llegó al punto de ruptura sin resolución— es otro capítulo que la institución no gestionó con la misma eficacia que las crisis anteriores.


¿Qué lugar ocupa Isabel II en la historia de la institución monárquica? Es difícil encontrar un paralelo. La longevidad de su reinado la separa de todos sus predecesores modernos. Pero más que la duración, lo que define su lugar histórico es haber presidido la transición de una monarquía imperial a una monarquía posimperial sin que la institución perdiera su legitimidad doméstica en el proceso. Eso no era inevitable: la descolonización podría haber producido un cuestionamiento más profundo de la Corona como símbolo del orden imperial. Que no ocurriera —que la monarquía lograra reinventarse como símbolo de continuidad nacional en lugar de símbolo de dominación colonial— es, en parte, su legado.


El balance honesto de setenta años de reinado es el de una institución que sobrevivió porque supo adaptarse sin transformarse demasiado; que mantuvo su relevancia siendo discreta cuando el mundo pedía espectáculo; y que llegó al final de ese período más cuestionada que al comienzo pero todavía presente, todavía funcional, todavía parte del paisaje político e identitario del Reino Unido. No es un legado heroico, pero sí es uno sólido.


Si tu medio necesita análisis sobre el legado de Isabel II, la historia de la monarquía británica o la transición a Carlos III, puedes contactarme aquí.

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