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Dos hombres mayores con traje y corbata conversan en micrófono, cada uno en un escenario diferente.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Elecciones en EEUU: Joe Biden se impone y queda al borde del triunfo

El recuento fue lento, tenso y disputado. Qué reveló la victoria de Biden sobre el estado real de la democracia estadounidense.

Entrevistado por Fernando Piana y Leticia Martínez en Radio Nacional

El 5 de noviembre de 2020, con el recuento electoral todavía en curso y el resultado sin confirmar, Fernando Piana y Leticia Martínez me convocaron en Radio Nacional para analizar en tiempo en directo la contienda presidencial más reñida de EE.UU. en décadas. Joe Biden acumulaba ventaja en los estados clave pero el margen era estrecho, el recuento era lento y la tensión política era máxima. Como especialista en política exterior y ex becario Fulbright, analicé qué revelaba ese proceso de recuento sobre el estado de la democracia estadounidense y qué podía esperarse de los días siguientes.




El recuento de 2020: por qué la victoria de Biden fue más compleja que el resultado final

Las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre de 2020 no terminaron el día de la votación. Terminaron —o más precisamente, se suspendieron temporalmente— con el recuento de estados clave que se extendió por días, alimentando una tensión que en cualquier democracia con menor estabilidad institucional podría haber derivado en crisis abierta, y que en EE.UU. derivó en algo que, aunque finalmente resuelto, dejó cicatrices profundas sobre la confianza en el proceso electoral.


El resultado agregado fue claro: Biden obtuvo más de 81 millones de votos populares —el mayor número en la historia de las elecciones presidenciales estadounidenses— y 306 votos electorales, superando holgadamente los 270 necesarios para ganar. Pero ese resultado se construyó sobre márgenes extraordinariamente estrechos en los estados decisivos: Arizona, Georgia, Nevada, Pennsylvania y Wisconsin se definieron por decenas de miles de votos en un país donde votaron más de 155 millones de personas. Esa estrechez —combinada con el sistema del Colegio Electoral que amplifica el peso de los estados en disputa— explica por qué el recuento fue tan largo y tan tenso.


Lo que la lentitud del recuento reveló sobre el sistema electoral estadounidense no fue necesariamente algo negativo en sí mismo: muchos estados —especialmente los que habían expandido masivamente el voto por correo en respuesta a la pandemia— contaban las papeletas de voto anticipado después del cierre de las urnas, en un proceso que llevaba tiempo pero que era transparente y auditado. El problema no fue el recuento: fue la narrativa que Trump construyó alrededor de él, convirtiendo la demora normal en evidencia de fraude para una base que estaba predispuesta a creerlo.


La polarización que las elecciones de 2020 pusieron de manifiesto no fue una creación de ese ciclo electoral: venía construyéndose desde hace décadas. Pero la magnitud del voto a Trump —74 millones de votos, el segundo mayor en la historia de las presidenciales, obtenido por un presidente que había gestionado con caos la pandemia, que había presionado a aliados, que había sido sometido a impeachment y cuya retórica era sistemáticamente divisiva— fue la señal más clara de que el trumpismo no era una anomalía pasajera sino una fuerza estructural en la política estadounidense con raíces en un descontento que Biden y el Partido Demócrata tendrían que gestionar con algo más que un cambio de tono.


La geografía del resultado también fue reveladora. Biden ganó en las grandes áreas metropolitanas —Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Filadelfia, Atlanta, Phoenix— y en los suburbios de las ciudades medianas donde el voto femenino educado se desplazó decisivamente en su favor. Trump dominó el interior rural y las pequeñas ciudades de la América blanca sin título universitario, consolidando una división que es simultáneamente geográfica, educativa, cultural y económica. Esa división no tiene solución fácil y define el desafío central de la gobernabilidad estadounidense en el período que se abría.


Desde América Latina, las elecciones de 2020 fueron seguidas con una intensidad que reflejaba la magnitud del impacto que la política exterior de EE.UU. tiene sobre la región. El cambio de administración prometía un giro en el tono —más multilateralismo, menos aranceles unilaterales, menos retórica sobre migrantes— pero los gobiernos más atentos de la región sabían que el cambio de presidente no cambiaría los intereses estructurales de Washington en el hemisferio. La política exterior estadounidense tiene más continuidad de lo que los cambios de administración sugieren, especialmente en América Latina, donde los grandes expedientes —migración, narcotráfico, acceso a mercados, influencia china— trascienden cualquier ciclo electoral.




Si tu medio necesita análisis sobre las elecciones estadounidenses, el sistema electoral de EE.UU. o la política exterior hacia América Latina, podéis contactarme aquí.

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