
lunes, 19 de agosto de 2019
La economía británica en el Brexit
Entre el voto por la salida del Reino Unido de la UE y su acuerdo de salida pasaron varios años. En ese tiempo, la economía británica empezó a reordenarse ante las expectativas de dejar el mercado común, con amplios efectos sobre la población de las islas.
Entrevistado por Jessica Petrino en Café Prensa
El 19 de agosto de 2019, Jessica Petrino me convocó en Café Prensa para analizar algo que pocas veces aparecía en la cobertura del Brexit centrada en la política institucional: el impacto concreto sobre la economía y los bolsillos de los británicos en los años de transición entre el referéndum de 2016 y el acuerdo de salida. La incertidumbre prolongada (nadie sabía exactamente en qué términos ni cuándo saldría el Reino Unido de la UE) no fue neutral económicamente: produjo efectos medibles sobre la inversión, el tipo de cambio, la inflación importada y las decisiones de millones de ciudadanos y empresas que tenían que planificar su futuro en un contexto de máxima incertidumbre. Como miembro del CARI y especialista en historia y política británicas, analicé cómo vivió la economía y la sociedad británica esos años de transición.
La economía británica en el limbo del Brexit: cómo tres años de incertidumbre cambiaron los bolsillos y la política
Hay un costo económico que los análisis del Brexit frecuentemente subestiman porque es difícil de medir con precisión: el costo de la incertidumbre prolongada. Entre junio de 2016 —cuando el referéndum produjo el resultado— y enero de 2020 —cuando la salida se efectivizó— el Reino Unido vivió casi cuatro años en los que nadie sabía con certeza en qué términos ni en qué fecha abandonaría el mercado único. Esa incertidumbre no fue económicamente neutral: produjo efectos concretos y medibles sobre la inversión, el tipo de cambio, los precios y las decisiones cotidianas de millones de ciudadanos y empresas.
El primer efecto fue sobre la libra esterlina. En la noche del 23 al 24 de junio de 2016, cuando los resultados comenzaron a mostrar que la opción de salida ganaba, la libra se desplomó un 10% frente al dólar en cuestión de horas —la mayor caída en un solo día en décadas. Esa devaluación no se recuperó completamente en los años siguientes: la libra se mantuvo estructuralmente más débil que en el período pre-referéndum, lo que tuvo consecuencias directas sobre el poder adquisitivo de los británicos. Una libra más débil significa importaciones más caras —Gran Bretaña importa una parte significativa de sus alimentos y bienes de consumo — y por tanto inflación importada que erosiona los salarios.
El segundo efecto fue sobre la inversión empresarial. Las empresas que operaban en el Reino Unido con perspectivas de exportar al mercado europeo —o que dependían de cadenas de suministro que cruzaban el Canal de la Mancha— enfrentaron una incertidumbre que inhibía las decisiones de inversión a largo plazo. ¿Tenía sentido construir una nueva planta de producción en Birmingham si no se sabía si los productos podrían exportarse libremente a Alemania o Francia en dos años? Esa pregunta, multiplicada por decenas de miles de empresas, produjo un subinversión acumulada en el período de transición que los economistas calculan como uno de los costos más significativos del Brexit sobre el potencial de crecimiento de la economía.
El tercer efecto fue sobre el mercado laboral y la migración interna de la UE. Antes del Brexit, ciudadanos de los países de la UE —especialmente de Polonia, Rumanía, Bulgaria y los países del sur— podían trabajar libremente en el Reino Unido sin necesidad de visados ni permisos. Esa movilidad libre había sido fundamental para sectores como la construcción, la agricultura, la hostelería y el sistema nacional de salud, que dependían de mano de obra europea para cubrir puestos que los trabajadores británicos no llenaban en cantidad suficiente. La incertidumbre sobre el estatus de esos trabajadores después del Brexit produjo una emigración anticipada que generó escasez de mano de obra en sectores críticos antes incluso de que la salida se efectivizara.
El cuarto efecto fue político, y quizás el más duradero. La prolongación de la incertidumbre —con tres primeros ministros en tres años, dos elecciones generales, una suspensión ilegal del Parlamento y múltiples votos fallidos sobre el acuerdo de retirada— produjo un nivel de fatiga política y de desconfianza institucional que los analistas del sistema político británico registraron como uno de los daños más profundos del período. Los británicos que votaron «Leave» en 2016 lo hicieron, entre otras razones, porque sentían que el sistema político no los escuchaba. Lo que obtuvieron fue tres años de un sistema político que no podía hacer nada más que escucharse a sí mismo.
En ese contexto, vivir en Oxford en 2019 era observar de primera fila la textura cotidiana de esa incertidumbre: los carteles en las ventanas de negocios sobre las implicancias del Brexit para sus importaciones, las conversaciones en los pubs sobre si quedarse o irse, los formularios de «settled status» que los ciudadanos europeos tenían que completar para regularizar su situación, y la sensación generalizada de que el país estaba esperando que algo se resolviera sin saber muy bien cómo ni cuándo.
Si tu medio necesita análisis sobre la economía del Brexit, el impacto sobre la sociedad británica o la política del Reino Unido en ese período, puedes contactarme aquí.
