
domingo, 13 de julio de 2025
Líderes europeos perciben a Putin como una amenaza
Europa entendió que ya no puede contar con Washington como siempre. Cómo reaccionaron los líderes europeos ante Trump y el avance de Putin en Ucrania.
Entrevistado por Damián Szvalb en Radio con Vos
El 13 de julio de 2025, Damián Szvalb me convocó en Radio con Vos para analizar el reposicionamiento estratégico de Europa ante dos presiones simultáneas: el distanciamiento de Washington bajo la segunda administración Trump y el avance de Putin en Ucrania. El encuentro entre Keir Starmer y Emmanuel Macron —junto a otros líderes europeos— no fue una cumbre de rutina sino un intento deliberado de reorganizar consensos en un momento en que el paraguas de seguridad transatlántico ya no puede darse por garantizado. Como antiguo fellow de la Comisión Europea, analicé qué está cambiando en la doctrina de defensa del continente y qué implica para el orden internacional que Europa empiece a pensarse estratégicamente sin EE.UU. como ancla.
Europa sin Washington: qué significa que el continente empiece a pensarse como actor estratégico autónomo
Durante décadas, la arquitectura de seguridad europea descansó sobre un supuesto tan cómodo como frágil: que Estados Unidos estaría siempre dispuesto a garantizarla. La segunda llegada de Trump a la Casa Blanca no inventó esa fragilidad, pero la hizo visible de un modo que ya no admite gestión por negación. Lo que el encuentro entre Starmer y Macron —y la ronda más amplia de consultas entre líderes europeos a mediados de 2025— señala es que el continente está, por primera vez desde la posguerra fría, intentando construir una respuesta estructural y no meramente retórica a esa realidad.
El diagnóstico europeo tiene dos componentes que conviene separar. El primero es Ucrania. El avance de Putin no es solo una amenaza territorial para Kiev: es una prueba de estrés para la credibilidad de la disuasión convencional en el flanco este de la OTAN. Si Rusia consolida ganancias territoriales significativas, el mensaje que reciben Polonia, los bálticos y eventualmente los Balcanes es que la agresión sostenida produce resultados. Eso obliga a Europa a pensar en términos de rearme y de garantías de seguridad que no dependan del voto del Congreso estadounidense.
El segundo componente es Trump mismo. No como persona sino como síntoma de una tendencia estructural en la política exterior estadounidense: el creciente escepticismo bipartidista hacia los compromisos de seguridad colectiva en Europa. Incluso si Trump pierde protagonismo, el espacio político que abrió —"¿por qué pagamos por la defensa de países ricos?"— no se cierra fácilmente. Europa lo sabe, y eso está forzando conversaciones sobre gasto en defensa, industria militar propia e integración de capacidades que antes se postergaban indefinidamente.
La figura de Macron es central en este reordenamiento, pero también su limitación. Francia tiene doctrina de autonomía estratégica desde De Gaulle, tiene arma nuclear y tiene asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Puede hablar de "soberanía europea" con cierta coherencia institucional. El problema es que Berlín —el otro polo necesario de cualquier Europa estratégica— sigue atrapada entre su pacifismo constitucional, su dependencia energética heredada y sus tensiones internas. Sin Alemania plenamente comprometida, la autonomía estratégica europea es un proyecto francés con audiencia continental, no una doctrina colectiva.
Starmer, por su parte, representa un caso distinto: el Reino Unido post-Brexit que intenta recuperar influencia en el continente sin ceder soberanía formal. Su activismo en el frente ucraniano tiene una lógica doméstica —distanciarse del legado de pasividad del Partido Conservador— pero también una geopolítica: Londres entiende que su relevancia en Washington depende en parte de su centralidad en Europa, y esa centralidad se construye con presencia, no con distancia.
El gran interrogante que la cumbre dejó abierto es si este reposicionamiento europeo tiene suficiente masa crítica para sostenerse más allá del ciclo de urgencia inmediata. Los procesos de construcción de autonomía estratégica son lentos, costosos y políticamente impopulares cuando no hay una amenaza visible en el horizonte inmediato. La historia de la integración europea sugiere que el continente avanza cuando la presión es suficientemente alta. La pregunta es si esta vez la presión llegó para quedarse.
Si tu medio necesita análisis sobre la seguridad europea, el conflicto en Ucrania o la relación transatlántica, podéis contactarme aquí.
