
jueves, 4 de julio de 2024
Los laboristas arrasaron en las lecciones británicas y vuelven al poder tras 14 años
Los laboristas no solo ganaron: aplastaron. Qué explica la magnitud del triunfo y qué tan profundo fue el rechazo a los conservadores después de 14 años.
Entrevistado por Augusto Taglioni en La Política Online
El 4 de julio de 2024, Augusto Taglioni me consultó en La Política Online para analizar uno de los resultados electorales más contundentes de la política británica en décadas: la victoria aplastante del Partido Laborista liderado por Keir Starmer, que después de 14 años en la oposición no solo recuperó el gobierno sino que destruyó al Partido Conservador con una magnitud que pocos sondeos habían anticipado. Como investigador de política británica desde 2013 con investigación en Oxford, ofrecí contexto sobre qué explica la escala del triunfo laborista, qué tan profundo fue el rechazo al conservadurismo británico después de más de una década en el poder, y qué señales envía este resultado sobre las tendencias políticas más amplias en Europa.
El arrase laborista en Reino Unido: por qué 14 años de conservadurismo terminaron en derrumbe
Las elecciones británicas del 4 de julio de 2024 no fueron simplemente una alternancia de gobierno. Fueron el colapso de un partido que gobernó durante 14 años consecutivos y que, en ese tiempo, agotó su capital político con una velocidad y una acumulación de escándalos, crisis y promesas incumplidas que terminaron haciendo insostenible cualquier argumento de continuidad. El Partido Conservador no perdió: se desintegró.
La magnitud del resultado merece ser subrayada. El Partido Laborista obtuvo una mayoría parlamentaria que no se veía desde los tiempos de Tony Blair en 1997 —otro momento de fin de ciclo conservador—, a pesar de que su porcentaje de votos no fue extraordinariamente alto en términos absolutos. El sistema electoral británico de circunscripciones uninominales amplificó la victoria laborista de un modo que el voto popular bruto no refleja completamente: en muchos distritos, el voto conservador se fragmentó entre el partido tradicional y el Reform UK de Nigel Farage, dividiéndose y permitiendo victorias laboristas con mayorías relativas moderadas.
Esa fragmentación del voto conservador es quizás el dato más relevante para entender la profundidad de la crisis del Partido Conservador. Reform UK no es una escisión accidental: es la expresión de una tensión que el partido lleva años sin poder resolver entre su ala más moderada y euroescéptica pragmática, y su flanco más populista y antiinmigración que Farage representa con mayor coherencia retórica. Esa tensión —que el Brexit exacerbó en lugar de resolver— hizo que el partido llegara a las elecciones de 2024 sin una identidad clara y sin una narrativa de gobierno que pudiera contraponerse al desgaste acumulado.
El desgaste, por su parte, tenía causas concretas y acumulativas. Los escándalos del Partygate bajo Boris Johnson; la brevísima y caótica presidencia de Liz Truss, que en pocas semanas destruyó la credibilidad fiscal del partido con un presupuesto que desplomó la libra y disparó los tipos hipotecarios; y la gestión de Rishi Sunak —técnicamente competente pero políticamente inerte— que nunca logró construir una narrativa de recuperación convincente. Cada primer ministro conservador de los últimos años dejó al siguiente en peor posición que la que había heredado. Ese encadenamiento de crisis sin resolución es lo que convierte una derrota electoral en derrumbe.
Keir Starmer llegó al gobierno con una victoria que es más un voto de castigo al conservadurismo que un mandato entusiasta para el laborismo. Esa distinción importa para entender los márgenes de su gobierno: tiene mayoría parlamentaria holgada, pero no necesariamente el capital político de una sociedad que confía plenamente en su proyecto. La Gran Bretaña de 2024 sigue siendo una sociedad fragmentada por el Brexit, por las brechas regionales entre Londres y el resto del país, y por una crisis de vivienda y servicios públicos que ningún gobierno ha resuelto en años.
Para el análisis comparado, el resultado británico se inscribe en una tendencia más amplia: la dificultad de los partidos de centroderecha tradicionales en Europa para retener su base cuando compiten simultáneamente con partidos de derecha populista que los superan en intensidad retórica sobre migración y soberanía nacional. Francia, Alemania, Italia y ahora Reino Unido muestran versiones distintas de la misma presión: el espacio político de la derecha moderada se estrecha, y las consecuencias sobre la gobernabilidad europea son significativas.
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