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Hombre de cabello canoso y traje oscuro señala con el dedo desde la pantalla de un celular, junto a una bandera venezolana.

martes, 6 de enero de 2026

El “efecto dominó” de Venezuela ya golpeó a Medio Oriente: Estados Unidos y una amenaza latente que cambia el mapa del petróleo mundial

La caída de Maduro no se quedó en Venezuela: sacudió el mercado petrolero global y puso a Irán en el centro del tablero. Por qué el efecto dominó llegó hasta Medio Oriente.

Entrevistado por Azize El Obeid en El Cronista

El 6 de enero de 2026, Azize El Obeid me consultó en El Cronista sobre las consecuencias de la captura de Nicolás Maduro más allá de Venezuela: sus efectos en la economía política del petróleo global y, en particular, su impacto sobre Irán. Lo que en apariencia fue un evento hemisférico tuvo una reverberación inmediata en Medio Oriente, donde Teherán observó la operación estadounidense como una señal directa sobre su propia posición en el tablero geopolítico. Como especialista en Medio Oriente Contemporáneo por la Universidad Católica Argentina y la Universidad de Tel Aviv y seguimiento de los mercados energéticos globales, analicé por qué la caída de Maduro desencadenó un efecto dominó que llegó hasta el Golfo Pérsico y qué implica para el mapa del petróleo mundial.




Venezuela, Irán y el petróleo: por qué la captura de Maduro reorganizó el mapa energético global

La captura de Nicolás Maduro fue leída en Washington como un éxito de política hemisférica. En Teherán, fue leída como una advertencia existencial. Esa asimetría de interpretaciones es la clave para entender por qué un evento en Caracas terminó sacudiendo los mercados petroleros globales y poniendo a Irán en el centro del tablero geopolítico en las primeras semanas de 2026.


El vínculo entre Venezuela e Irán no es coyuntural. Durante más de una década, ambos regímenes construyeron una relación de interdependencia que combinaba ideología antiestadounidense, cooperación técnica en la industria petrolera y mecanismos de evasión de sanciones. Teherán ayudó a Caracas a mantener operativa una infraestructura de extracción deteriorada; Caracas ofreció a Irán una plataforma de proyección en el hemisferio occidental y rutas de comercialización de crudo fuera del radar de las sanciones del Tesoro estadounidense. Con Maduro fuera del poder, ese entramado se desarticuló abruptamente.


El primer efecto sobre los mercados fue de expectativa: si Venezuela —con las mayores reservas probadas del mundo— quedaba bajo una administración dispuesta a normalizar su inserción en el mercado petrolero internacional, la perspectiva de un incremento significativo de oferta presionaba a la baja los precios. Esa lógica, sin embargo, choca con la realidad de la infraestructura venezolana, destruida por años de desinversión y mala gestión. La recuperación productiva de Venezuela es un proceso de años, no de meses, lo que amortigua el impacto inmediato sobre los precios pero no elimina la señal estructural que envía al mercado.


El segundo efecto, más relevante geopolíticamente, involucra a Irán de forma directa. La administración Trump interpretó la operación en Venezuela como el inicio de una política de presión máxima renovada hacia regímenes que considera adversarios sistémicos. Para Teherán, el mensaje fue que Washington había recuperado la voluntad de actuar unilateralmente y con contundencia cuando considera que sus intereses estratégicos están en juego. Eso alteró los cálculos iraníes en varios frentes simultáneos: sus negociaciones nucleares, su posicionamiento en Siria e Iraq, y su política de apoyo a grupos como Hezbolá y los hutíes en Yemen.


La amenaza latente que reorganiza el mapa del petróleo no es, entonces, la producción venezolana per se. Es la combinación de una Venezuela en transición incierta, un Irán más presionado y una Arabia Saudita que observa ambas variables con interés estratégico propio. Riad tiene incentivos contradictorios: precios altos le convienen fiscalmente, pero una desestabilización regional profunda que involucre a Irán le genera riesgos de seguridad que ningún precio del barril puede compensar.


Lo que la captura de Maduro reveló, en definitiva, es que la economía política del petróleo global es cada vez menos una función de oferta y demanda y cada vez más un reflejo directo de las tensiones geopolíticas entre grandes potencias. Para los países importadores de América Latina —Argentina incluida— esa realidad debería traducirse en una política energética con mayor conciencia de su exposición a shocks externos que se originan muy lejos de la región.



Si tu medio necesita análisis sobre geopolítica energética, Medio Oriente o las consecuencias internacionales de la transición venezolana, podéis contactarme aquí.

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