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Un hombre canoso con gafas sonríe y habla por micrófono frente a un grupo animado con pancartas.

sábado, 8 de junio de 2024

Elecciones en Reino Unido: tras 14 años, el Laborismo se ilusiona con volver al poder

Los conservadores llegan a las elecciones de 2024 con 14 años de desgaste acumulado. Por qué el laborismo ve esta como su mejor oportunidad en décadas.

Entrevistado por Leticia Martínez en El Destape

El 8 de junio de 2024, semanas antes de las elecciones británicas que terminarían confirmando todos los pronósticos, Leticia Martínez me consultó en El Destape para analizar el estado de la carrera electoral en el Reino Unido: un Partido Conservador que llegaba con 14 años de desgaste acumulado y un Partido Laborista que veía en ese ciclo su mejor oportunidad de retorno al poder en décadas. Como especialista en política comparada con investigación en la Escuela de Gobierno Blavatnik de Oxford, analicé por qué el desgaste conservador era tan profundo, qué había cambiado en el laborismo bajo Starmer para hacerlo electoralmente competitivo, y qué factores podían condicionar la magnitud del resultado final.




El laborismo ante su mejor oportunidad en décadas: por qué 14 años de conservadurismo generaron las condiciones para un cambio de ciclo

Cuando en junio de 2024 se analizaba la carrera electoral británica, la pregunta no era tanto si el Partido Laborista ganaría —las encuestas lo daban ganador con consistencia desde hacía más de un año— sino por qué márgenes y con qué tipo de mandato. Esa certeza anticipada era en sí misma un fenómeno notable: los partidos en oposición rara vez acumulan ventajas tan sólidas y tan sostenidas antes de una elección sin que algún evento disruptivo las erosione.


La explicación tiene que buscarse menos en los méritos del laborismo que en el agotamiento del ciclo conservador. Catorce años de gobierno son, en cualquier democracia parlamentaria, un período suficientemente largo para acumular desgaste, generar expectativas insatisfechas y crear la sensación de que el partido en el poder ha perdido contacto con las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos. Ese desgaste es difuso y difícil de atribuir a una sola causa, pero en el caso conservador británico tuvo episodios concretos que lo cristalizaron de forma particularmente dañina.


El Brexit fue el primero y el más estructurante. La promesa de que salir de la Unión Europea traería prosperidad, soberanía y control migratorio fue reemplazada, en la experiencia cotidiana de millones de británicos, por fricciones comerciales, escasez de mano de obra en sectores clave —salud, agricultura, hostelería— y una burocracia fronteriza que ningún gobierno conservador logró gestionar con fluidez. El Brexit no arruinó la economía británica, pero tampoco produjo los beneficios prometidos, y esa brecha entre promesa y experiencia fue minando la credibilidad del partido que lo había impulsado.


Boris Johnson y el Partygate añadieron una dimensión moral al desgaste político. Las fiestas en Downing Street durante el confinamiento —cuando el resto del país no podía visitar a sus familiares enfermos o celebrar funerales— no fueron un escándalo político abstracto: tocaron una fibra emocional muy concreta en una sociedad que había hecho sacrificios reales. La caída de Johnson no cerró ese capítulo; lo prolongó, porque los gobiernos de Truss y Sunak heredaron la desconfianza sin poder reparar el capital político erosionado.


Liz Truss añadió la dimensión económica. El desastre presupuestario de septiembre de 2022 —el llamado «mini-presupuesto» que disparó los tipos de interés hipotecarios y hundió la libra en cuestión de días— fue el momento en que el Partido Conservador perdió su tradicional credibilidad como gestor económico responsable. Esa credibilidad, construida durante décadas como ventaja comparativa frente al laborismo, era uno de los últimos argumentos que el partido podía esgrimir ante un electorado hastiado. Con ella se fue también.


Sunak intentó la estabilización: recuperó el rigor fiscal, redujo la inflación y mantuvo una gestión macroeconómica más ortodoxa. Pero llegó demasiado tarde y sin narrativa. La estabilización sin relato de futuro no genera entusiasmo, y en política electoral el entusiasmo importa tanto como la gestión. Cuando un partido llega a una elección sin poder responder convincentemente a la pregunta «¿para qué queremos cinco años más?», la alternancia se convierte en el voto por defecto de un electorado que no necesita estar convencido del laborismo para votar en contra del conservadurismo.


Lo que el laborismo de Starmer había logrado en ese contexto era, esencialmente, no cometer errores graves y presentar una imagen de seriedad institucional que contrastara con el caos de los últimos años conservadores. No era un programa transformador al estilo Blair: era una promesa de competencia, estabilidad y respeto por las instituciones. En un Reino Unido agotado de escándalos y crisis, eso resultó suficiente para ganar —y ganar con amplitud.



Si tu medio necesita análisis sobre política británica, ciclos electorales europeos o el estado del centroderecha en Europa, puedes contactarme aquí.

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