
lunes, 25 de julio de 2022
Vivimos en un mundo cada vez con más crisis: el lamento del representante argentino en el G20 de la juventud
El mundo pospandemia acumuló crisis sobre crisis y el G20 2022 lo reflejó. Qué tan lejos está el multilateralismo de poder responder a esta policrisis.
Entrevistado por Gonzalo Báñez en TN
El 25 de julio de 2022, Gonzalo Báñez me entrevistó en TN tras mi participación como representante argentino en el Y20 —el foro de la juventud del G20— en el que había planteado una lectura sobre el estado del multilateralismo ante la acumulación de crisis simultáneas que caracterizaba al mundo pospandemia. La guerra en Ucrania, la inflación global, la crisis energética, el retroceso en los objetivos climáticos y las tensiones geopolíticas entre grandes potencias configuraban lo que los analistas internacionales comenzaban a llamar una «policrisis»: no crisis separadas que se suceden, sino crisis interconectadas que se potencian mutuamente. Como participante directo en el foro en Indonesia y como analista de política internacional miembro del CARI, reflexioné sobre qué tan lejos estaba el multilateralismo de poder dar respuestas adecuadas a ese nivel de complejidad.
La policrisis y el multilateralismo: por qué el mundo acumula más problemas de los que puede resolver
El concepto de «policrisis» —popularizado en 2022 por el historiador Adam Tooze pero con raíces en el pensamiento sistémico— describe algo que cualquier observador del escenario internacional podía sentir sin necesidad de un nombre técnico: la sensación de que las crisis ya no se suceden en secuencia, dando tiempo a recuperarse de una antes de que llegue la siguiente, sino que se superponen, se interconectan y se potencian mutuamente hasta crear un estado de emergencia permanente que los sistemas de gobernanza global no están diseñados para gestionar.
En 2022, esa policrisis tenía nombres concretos. La pandemia de COVID-19 había producido una disrupción sin precedentes en las cadenas de suministro globales, en los sistemas de salud y en las finanzas públicas de decenas de países. Antes de que la recuperación se consolidara, la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 añadió una crisis energética —con el gas ruso como arma geopolítica—, una crisis alimentaria —con el bloqueo de las exportaciones de cereales del Mar Negro—, y una escalada de tensiones geopolíticas que reconfiguró las relaciones entre Occidente y Rusia de una manera que se extendería durante años. Sobre esas dos crisis se superponía la inflación más alta en cuarenta años en EE.UU. y Europa, la crisis climática que seguía acelerándose con sequías e inundaciones de intensidad creciente, y la tensión estructural entre EE.UU. y China que añadía incertidumbre a cualquier proyecto de coordinación multilateral.
Lo que el G20 de 2022 reflejó —y lo que el Y20 discutió con una franqueza que los foros principales no siempre permiten— es la brecha creciente entre la escala de los problemas y la capacidad de respuesta de las instituciones multilaterales. Esa brecha no es nueva: lleva décadas ensanchándose. Pero en 2022 se había vuelto difícil de ignorar incluso para los más comprometidos con la causa multilateral.
Los problemas de las instituciones multilaterales para responder a la policrisis tienen varias dimensiones. La primera es estructural: el G20, la ONU, el FMI y la OMC fueron diseñados en un contexto de menor interdependencia y menor velocidad de transmisión de los shocks globales. Sus procesos de decisión —basados en el consenso o en mayorías cualificadas que requieren negociación prolongada— no están diseñados para la velocidad que las crisis contemporáneas exigen. Para cuando el multilateralismo produce una respuesta coordinada, la crisis ha mutado.
La segunda dimensión es política: la fragmentación geopolítica entre EE.UU., China y Rusia —las tres potencias con mayor capacidad de bloquear o habilitar respuestas multilaterales— hace que expedientes que requerirían coordinación global se conviertan en campos de batalla de la rivalidad entre grandes potencias. El cambio climático, la gobernanza de la inteligencia artificial, la reforma del sistema financiero internacional: todos estos expedientes están contaminados por la competencia geopolítica de un modo que hace la coordinación mucho más difícil de lo que la lógica del problema requeriría.
La tercera dimensión —quizás la más difícil de articular en un foro como el Y20 sin caer en el cinismo— es la de los incentivos domésticos. Los líderes que negocian en el G20 son elegidos o designados por sus propias sociedades, con sus propios ciclos electorales y sus propias presiones políticas. Comprometerse con soluciones multilaterales que requieren sacrificios domésticos a corto plazo a cambio de beneficios globales a largo plazo es políticamente costoso en cualquier democracia. Esa asimetría entre los horizontes temporales de la política doméstica y los horizontes temporales de los problemas globales es, en mi opinión, el obstáculo más profundo que el multilateralismo enfrenta en el siglo XXI.
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