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Joven con barba y gafas participa en videollamada, lleva auriculares y está frente a un fondo claro y neutro.

domingo, 1 de agosto de 2021

Lo que hoy es una catástrofe climática mañana pueden ser varias: la advertencia del representante argentino en el G20 de la juventud

Las catástrofes climáticas no se detienen solas: se multiplican. Qué planteó Argentina en el G20 juvenil y por qué el multilateralismo ambiental es hoy más urgente que nunca.

Entrevistado por Gonzalo Báñez en TN

El 1 de agosto de 2021, Gonzalo Báñez me entrevistó en TN tras mi participación como representante argentino en el Y20 —el foro de la juventud del G20— donde había planteado una advertencia que los eventos de ese verano boreal confirmaban con una brutalidad sin precedentes: las catástrofes climáticas no son eventos aislados que ocurren y se resuelven; son el inicio de una cascada de disrupciones que se multiplican y se interconectan. Las inundaciones en Alemania y Bélgica, los incendios en Grecia y Turquía, las olas de calor en Canadá y el noroeste de EE.UU., y la sequía en la cuenca del Mediterráneo se superpusieron ese verano como una demostración empírica de lo que los modelos climáticos llevaban décadas anticipando. Como representante argentino en el foro y como especialista en política internacional miembro de REDAPPE, argumenté por qué el multilateralismo ambiental no es una agenda de largo plazo sino una urgencia inmediata.




Las catástrofes climáticas se multiplican: por qué el multilateralismo ambiental es una urgencia, no una agenda

El verano boreal de 2021 fue, en términos climáticos, uno de los más documentados de la historia reciente: no por la originalidad de los eventos —las inundaciones, los incendios y las olas de calor no son fenómenos nuevos— sino por su simultaneidad, su intensidad y su geografía. Que Alemania y Bélgica sufrieran inundaciones históricas en julio, que Canadá registrara temperaturas de 49,6°C en Lytton —una ciudad que días después ardió en incendio—, que Grecia y Turquía enfrentaran incendios forestales de escala sin precedentes, y que la cuenca del Mediterráneo viviera una sequía estructural que afectaba la agricultura de media docena de países, todo al mismo tiempo, fue la confirmación empírica más contundente hasta ese momento de que el cambio climático no es una proyección futura sino un proceso en curso que está acelerando sus efectos.

Lo que planteé en el Y20 —y que la entrevista con TN permitió desarrollar con mayor amplitud— es que la lógica de las catástrofes climáticas tiene una característica que los sistemas de gobernanza global tienden a subestimar: la no-linealidad. Los efectos del cambio climático no se distribuyen de forma gradual y predecible; se acumulan hasta alcanzar umbrales a partir de los cuales el sistema físico —el clima— produce disrupciones de una escala cualitativamente distinta. El deshielo del permafrost ártico libera metano que acelera el calentamiento; la deforestación de la Amazonía reduce la humedad que alimenta las lluvias en el centro de Brasil; el calentamiento del Atlántico alimenta huracanes más intensos. Esas retroalimentaciones hacen que la curva de daños no sea lineal sino exponencial, lo que significa que cada año de inacción tiene un costo marginal creciente, no constante.

La pregunta que el multilateralismo ambiental tiene que responder es cómo se coordinan respuestas globales a un problema que tiene causas distribuidas globalmente pero efectos distribuidos de forma profundamente desigual. Los países que más contribuyen históricamente a las emisiones de gases de efecto invernadero —EE.UU., China, Europa— no son necesariamente los más vulnerables a sus efectos. Los países más vulnerables —islas del Pacífico, países del Sahel, Bangladesh, partes de América Central— son en muchos casos los que menos han contribuido al problema y los que menos recursos tienen para adaptarse.

Esa asimetría entre responsabilidad y vulnerabilidad es el nudo político central del multilateralismo climático y explica por qué las negociaciones en la COP producen compromisos que siempre quedan por debajo de lo que la ciencia indica como necesario. Los países más responsables tienen los recursos para adaptarse —muros de contención, sistemas de alerta temprana, infraestructura resiliente— y por lo tanto tienen menos urgencia política inmediata para asumir los costos de la descarbonización acelerada. Los más vulnerables tienen la urgencia pero no el poder de negociación para imponer compromisos más ambiciosos.

Lo que Argentina puede aportar en ese debate —y lo que intenté plantear en el Y20— es una perspectiva desde un país que es simultáneamente contribuyente de emisiones a través de su sector agroindustrial, vulnerable a los efectos del cambio climático en términos de sequías y eventos extremos, y potencialmente parte de la solución a través de su capacidad de producción de energías renovables y de su rol en la transición energética global vía el litio y el hidrógeno verde.

La advertencia que tiene más valor no es la de que las catástrofes climáticas ocurrirán: ya están ocurriendo. La advertencia que importa es que cada año que pasa sin compromisos vinculantes más ambiciosos es un año en que la ventana para evitar los efectos más devastadores se estrecha. Y esa ventana no espera los ciclos electorales de ningún país.




Si tu medio necesita análisis sobre cambio climático, multilateralismo ambiental la agenda de acción climática global, puedes contactarme aquí.

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