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Liz Truss, de pie frente a un atril oficial, pronuncia un discurso en la entrada de un edificio gubernamental.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

De las Malvinas a la crisis económica del Reino Unido: los desafíos de la nueva primera ministra Liz Truss

Liz Truss llegó al poder en el peor momento y duró menos de dos meses. Qué falló, qué reveló su caída y qué dejó pendiente para el Reino Unido.

Entrevistado por Gonzalo Báñez en TN

El 7 de septiembre de 2022, Gonzalo Báñez me consultó en TN para analizar la llegada de Liz Truss al poder en el Reino Unido: la nueva primera ministra conservadora que asumía en uno de los momentos más complejos de la política británica reciente, apenas un día antes de la muerte de la Reina Isabel II, con una agenda económica audaz y una agenda política cargada de expedientes sin resolver —incluyendo la relación con Argentina por las Malvinas. Como especialista en política comparada con investigación en Oxford y experiencia acumulada en historia británica, analicé qué desafíos enfrentaba Truss al asumir, qué reveló su brevísimo gobierno sobre el estado del conservadurismo británico y qué dejó pendiente su caída para la política del Reino Unido.




Liz Truss: el gobierno más corto de la historia británica moderna y lo que reveló sobre el conservadurismo en crisis

Liz Truss duró cuarenta y cinco días como primera ministra del Reino Unido. Menos que una lechuga, como señaló con sarcasmo un tabloide británico que mantuvo una lechuga en directo durante su mandato para ver cuál duraba más. Ese dato, que podría parecer un chiste, condensa en realidad una de las crisis políticas más reveladoras del conservadurismo británico en décadas: un partido que eligió como líder a alguien cuya agenda económica colapsó los mercados en semanas y cuyo gobierno terminó siendo más corto que el de cualquier primer ministro desde el siglo XIX.


Cuando Truss asumió el 6 de septiembre de 2022, lo hacía en un contexto ya difícil: Boris Johnson había caído en medio de escándalos acumulados, la economía británica enfrentaba inflación elevada y una crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, y el partido conservador estaba profundamente dividido sobre el rumbo económico del país. Truss ganó la elección interna del partido con un programa de recortes fiscales masivos y desregulación financiera —una apuesta por la economía de la oferta que evocaba el thatcherismo de los años ochenta— que apeló a la base conservadora pero que los mercados financieros miraban con creciente escepticismo.


El desastre llegó el 23 de septiembre de 2022, cuando su canciller Kwasi Kwarteng presentó el llamado «mini-presupuesto»: recortes fiscales por 45.000 millones de libras sin mecanismo de financiación creíble, en un contexto de déficit elevado y con el Banco de Inglaterra en proceso de subida de tipos. La reacción de los mercados fue inmediata y brutal: la libra se desplomó a mínimos históricos frente al dólar, los tipos de los bonos del gobierno británico se dispararon, y el Banco de Inglaterra tuvo que intervenir de emergencia para evitar el colapso de fondos de pensiones que habían apostado a la estabilidad de esos tipos. En pocas semanas, el gobierno había destruido la credibilidad fiscal que el Partido Conservador había construido durante décadas como su principal activo electoral.


Lo que la caída de Truss reveló sobre el conservadurismo británico tiene dos dimensiones. La primera es ideológica: el intento de revivir el thatcherismo en 2022 —en una economía globalizada, con mercados financieros integrados y con una deuda pública elevada por la pandemia— mostró que las recetas de los años ochenta no son exportables sin más al contexto de los años veinte del siglo XXI. El thatcherismo funcionó en un contexto específico —crisis sindical, inflación descontrolada, Estado sobreextendido— que no era el de 2022. Ignorar esa diferencia de contexto fue el error intelectual de fondo del gobierno Truss.


La segunda dimensión es institucional: el proceso de selección de líderes del Partido Conservador —donde el voto de la base militante tiene el peso decisivo— había producido en dos años a Boris Johnson y a Liz Truss: dos líderes cuyas debilidades eran visibles antes de asumir y que en cualquier sistema de selección más riguroso habrían sido descartados antes de llegar al poder. Esa disfunción interna en el partido que había gobernado el Reino Unido durante doce años consecutivos explica, en parte, por qué el laborismo llegó a las elecciones de 2024 con ventajas tan amplias: no porque hubiera convencido a nadie, sino porque su principal rival se había desacreditado de forma casi sistemática.


La agenda de Truss sobre las Malvinas —que reafirmó las posiciones más duras del conservadurismo británico sobre la soberanía del archipiélago— no llegó a tener impacto operativo dada la brevedad de su mandato, pero fue una señal de que la relación bilateral Argentina-Reino Unido seguiría siendo compleja independientemente del color del gobierno en Londres.


El gobierno de Liz Truss fue un experimento fallido, pero como todos los experimentos fallidos, enseña más de lo que sugería su brevedad. Enseñó que los mercados financieros globales tienen un poder de veto sobre las políticas económicas nacionales que ningún mandato electoral puede ignorar impunemente, y que la credibilidad institucional —una vez perdida— es extraordinariamente difícil de recuperar.



Si tu medio necesita análisis sobre la política británica, el conservadurismo europeo o la relación Argentina-Reino Unido, puedes contactarme aquí.

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