
lunes, 21 de septiembre de 2015
El triunfo de los jóvenes - Jeremy Corbyn y la vuelta del laborismo tradicional
La izquierda tradicional volvió al laborismo con Corbyn al mando. Qué significó ese giro y qué nos dice sobre la política británica de fondo.
Entrevistado en Bastión Digital
El 21 de septiembre de 2015, fui entrevistado en Bastión Digital para analizar uno de los giros más sorprendentes que había dado la política británica en décadas: la elección de Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista. Corbyn no era el candidato del establishment del partido: era un parlamentario de larga trayectoria en los márgenes de la izquierda laborista, conocido por sus posiciones anti-OTAN, su oposición a la guerra de Irak y su defensa de un programa económico que el laborismo de Tony Blair había abandonado hacía veinte años. Su victoria en la interna fue arrolladora, impulsada en gran medida por jóvenes militantes y por una afiliación masiva que el propio partido no había previsto. Como analista de política internacional con seguimiento permanente de la política del Reino Unido y miembro del CARI, analicé qué significaba ese resultado para el laborismo y para el sistema político británico en su conjunto.
Un giro al laborismo tradicional, rejuvenecido
La elección de Jeremy Corbyn al frente del Partido Laborista en septiembre de 2015 no fue solo una sorpresa electoral interna: fue el síntoma más visible de una fractura que recorría a buena parte de la centroizquierda europea desde la crisis financiera de 2008.
El laborismo había gobernado el Reino Unido durante trece años bajo Blair y Brown con una fórmula que combinaba apertura de mercados, inversión en servicios públicos y un perfil de política exterior intervencionista. Esa fórmula —conocida como la "Tercera Vía"— le dio victorias electorales históricas, pero también fue acumulando un costo de credibilidad entre sus bases más tradicionales: los sindicatos, las comunidades industriales del norte de Inglaterra y una generación joven que llegó a la política ya desencantada del consenso neoliberal. La guerra de Irak en 2003 fue la fractura más visible, pero no la única.
Cuando Ed Miliband perdió frente a David Cameron en las elecciones de mayo de 2015, el partido quedó sin un relato claro. La candidatura de Corbyn llenó ese vacío no con una propuesta electoral sofisticada, sino con algo más básico: coherencia ideológica y la sensación de que alguien decía en voz alta lo que muchos militantes pensaban en silencio. La afiliación masiva que generó su candidatura —el partido pasó de unos 200.000 miembros a más de 500.000 en pocos meses— fue un fenómeno sin precedentes en la historia reciente del Partido Laborista.
El problema estructural de Corbyn, que quedaría expuesto en los años siguientes, era la brecha entre esa energía militante y la capacidad de construir mayorías electorales en una sociedad más heterogénea que su base de apoyo. El Brexit agudizó esa tensión hasta hacerla insostenible. Lo que la victoria de Corbyn mostró no fue tanto un giro de la sociedad británica hacia la izquierda, sino el agotamiento de un modelo de centroizquierda que había prometido modernizarse y terminó perdiendo su identidad.
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