
domingo, 17 de enero de 2021
Continuaremos en el proceso de transición hegemónica entre Washington y Beijing
Con Biden en la Casa Blanca, la rivalidad con China no desapareció: cambió de forma. Qué continuidades y rupturas trajo el nuevo gobierno en esa relación.
Entrevistado en Zoom Internacional
El 17 de enero de 2021, días antes de la asunción de Joe Biden, fui entrevistado en Zoom Internacional para analizar qué cambiaría —y qué no— en la relación entre Washington y Pekín con el nuevo gobierno estadounidense. La rivalidad estratégica entre EE.UU. y China había sido el eje estructurante de la política exterior de Trump, pero la pregunta relevante no era si Biden mantendría esa competencia —eso era previsible— sino cómo cambiaría la forma, los instrumentos y el lenguaje de esa rivalidad. Como especialista en geopolítica y ex becario Fulbright, ofrecí una lectura de las continuidades y rupturas que traía el nuevo gobierno en la relación más determinante del siglo XXI.
Washington y Pekín en la era Biden: misma rivalidad, distinta forma
Una de las narrativas más persistentes sobre el cambio de administración de Trump a Biden fue la de la ruptura: el fin de la guerra comercial, la recuperación del multilateralismo, el retorno a la diplomacia. Esa narrativa era parcialmente correcta en términos de estilo y de instrumentos. Pero en lo que respecta a la relación con China —la más determinante del sistema internacional en el siglo XXI— la continuidad fue más profunda que la ruptura, y entender eso es fundamental para leer el período que se abría en enero de 2021.
La rivalidad estratégica entre EE.UU. y China no es una invención de Trump: tiene raíces en la combinación de ascenso económico chino, expansión de capacidades militares en el Indo-Pacífico, competencia tecnológica en sectores como la inteligencia artificial y los semiconductores, y un proyecto de proyección global —la Iniciativa de la Franja y la Ruta— que Pekín construyó durante décadas con una consistencia que ningún ciclo electoral estadounidense interrumpió. Lo que Trump hizo fue nombrar esa rivalidad con una franqueza que el lenguaje diplomático de la era anterior evitaba, e instrumentalizarla con herramientas —aranceles, listas negras tecnológicas, presión sobre aliados para excluir a Huawei— que produjeron fricción pero que también aceleraron una conversación que la administración Obama había postergado.
Biden llegó con una postura diferente en la forma pero con un diagnóstico compartido en el fondo: China es un competidor sistémico que busca desplazar a EE.UU. como potencia dominante del orden internacional, y esa competencia requiere una respuesta estratégica de largo plazo que trascienda los instrumentos bilaterales de Trump. La diferencia estaba en el método: mientras Trump actuaba unilateralmente y alienaba a los aliados que necesitaba para contener a China, Biden
