top of page
Logotipo de Tomás Listrani
Joe Biden y un líder chino se estrechan la mano sonrientes, con banderas de ambos países al fondo.

domingo, 17 de enero de 2021

Continuaremos en el proceso de transición hegemónica entre Washington y Beijing

Con Biden en la Casa Blanca, la rivalidad con China no desapareció: cambió de forma. Qué continuidades y rupturas trajo el nuevo gobierno en esa relación.

Entrevistado en Zoom Internacional

El 17 de enero de 2021, días antes de la asunción de Joe Biden, fui entrevistado en Zoom Internacional para analizar qué cambiaría —y qué no— en la relación entre Washington y Pekín con el nuevo gobierno estadounidense. La rivalidad estratégica entre EE.UU. y China había sido el eje estructurante de la política exterior de Trump, pero la pregunta relevante no era si Biden mantendría esa competencia —eso era previsible— sino cómo cambiaría la forma, los instrumentos y el lenguaje de esa rivalidad. Como especialista en geopolítica y ex becario Fulbright, ofrecí una lectura de las continuidades y rupturas que traía el nuevo gobierno en la relación más determinante del siglo XXI.




Washington y Pekín en la era Biden: misma rivalidad, distinta forma

Una de las narrativas más persistentes sobre el cambio de administración de Trump a Biden fue la de la ruptura: el fin de la guerra comercial, la recuperación del multilateralismo, el retorno a la diplomacia. Esa narrativa era parcialmente correcta en términos de estilo y de instrumentos. Pero en lo que respecta a la relación con China —la más determinante del sistema internacional en el siglo XXI— la continuidad fue más profunda que la ruptura, y entender eso es fundamental para leer el período que se abría en enero de 2021.


La rivalidad estratégica entre EE.UU. y China no es una invención de Trump: tiene raíces en la combinación de ascenso económico chino, expansión de capacidades militares en el Indo-Pacífico, competencia tecnológica en sectores como la inteligencia artificial y los semiconductores, y un proyecto de proyección global —la Iniciativa de la Franja y la Ruta— que Pekín construyó durante décadas con una consistencia que ningún ciclo electoral estadounidense interrumpió. Lo que Trump hizo fue nombrar esa rivalidad con una franqueza que el lenguaje diplomático de la era anterior evitaba, e instrumentalizarla con herramientas —aranceles, listas negras tecnológicas, presión sobre aliados para excluir a Huawei— que produjeron fricción pero que también aceleraron una conversación que la administración Obama había postergado.


Biden llegó con una postura diferente en la forma pero con un diagnóstico compartido en el fondo: China es un competidor sistémico que busca desplazar a EE.UU. como potencia dominante del orden internacional, y esa competencia requiere una respuesta estratégica de largo plazo que trascienda los instrumentos bilaterales de Trump. La diferencia estaba en el método: mientras Trump actuaba unilateralmente y alienaba a los aliados que necesitaba para contener a China, Biden apostaba por reconstruir las alianzas —OTAN, Quad, AUKUS— como plataformas de una estrategia de contención multilateral.


En el frente tecnológico, la continuidad fue especialmente visible. Las restricciones sobre Huawei y la lista de empresas chinas con acceso limitado a tecnología estadounidense —iniciadas bajo Trump— no solo se mantuvieron bajo Biden sino que se profundizaron con las restricciones a la exportación de semiconductores avanzados que la administración demócrata implementó en 2022. Esa política —que buscaba privar a China de acceso a los chips más avanzados necesarios para sus programas de inteligencia artificial y defensa— fue probablemente la medida más agresiva de la política exterior de Biden hacia Pekín, y una que el consenso bipartidista en Washington respaldaba con una unanimidad inusual en una era de polarización extrema.


El concepto de «transición hegemónica» —que titula esta entrevista— remite a la literatura de relaciones internacionales sobre los períodos históricos en que una potencia dominante es desafiada por una potencia ascendente. La historia registra esas transiciones como momentos de alta inestabilidad, frecuentemente asociados a conflictos de gran escala —la «trampa de Tucídides» en la formulación del politólogo Graham Allison. Lo que diferencia la transición EE.UU.-China de otros casos históricos es la interdependencia económica: las dos economías más grandes del mundo están tan entrelazadas —en cadenas de suministro, en mercados financieros, en flujos de inversión— que una ruptura total tendría costos devastadores para ambas y para la economía global.


Esa paradoja de la interdependencia competitiva —que algunos llaman «rivalidad administrada»— es lo que hace que la relación Washington-Pekín en la era Biden se caracterice más por la gestión de la tensión que por su resolución: ni cooperación plena ni ruptura total, sino una competencia estratégica en los sectores donde las diferencias son irreconciliables —tecnología, defensa, Taiwán, Mar del Sur de China— combinada con una cooperación táctica en los expedientes donde los intereses coinciden —cambio climático, no proliferación nuclear, estabilidad financiera global.


Para América Latina, y para Argentina en particular, la transición hegemónica en curso no es un espectáculo lejano: es el marco dentro del cual la región tiene que tomar decisiones sobre sus propias alianzas, sus inversiones en infraestructura y tecnología, y su posicionamiento en foros multilaterales. Navegar ese marco sin elegir un bando definitivamente —como India ha demostrado que es posible— requiere más sofisticación diplomática y más coherencia estratégica de la que la región ha exhibido históricamente.




Si tu medio necesita análisis sobre la rivalidad EE.UU.-China, la transición hegemónica o las implicancias para el resto del mundo, puedes contactarme aquí.

bottom of page